lunes 9 de noviembre de 2009

llueve y yo quiero...

Ser tu sombra, o tu penitencia. Las rayas de la carretera, rempagos, lluvia muriendo contra tu coche. El patrón de tu costura, salitre, sed, aire, asfalto aún humeante. Tormenta, oleaje, naufragio, dolor, vida.

..O un simple ojal de tu camisa...

...Que vuelva entonces la letra sinuosa de tu nombre repetido...



...Que me vayas a encontrar cuando no esté en ningún lugar...

miércoles 4 de noviembre de 2009

veintiuno

lunes 19 de octubre de 2009

Cucú

A nuestras espaldas, el cielo amaneciente se teñía de un color encendido, convirtiendo nuestro mundo en poco más que un metal candente, desparramando su rojo entre las moribundas nubes, chorreantes de carmín, deslustrando el paisaje, atormentando la habitación, oscureciendo el albor taciturno.

Entre la penumbra, tu silueta ennegrecida ensombrecía la lobreguez de la sala, donde solamente unos ojos brillaban feroces, tus ojos, de espléndido animal templado, ferocidad en círculos concéntricos, fijos en aquel sofá enmohecido donde reposaban mis huesos destrozados, postura incómoda, viejo mueble, miedo meciendo instintos, ave rapaz al acecho, rotundos, tus ojos.

Esta no es forma de acabar”, acerté siquiera a pronunciar.

Silencio opaco en el que solo dos esferas se iluminaban, seguro advirtiendo mis propios temblores, agravados aún más tras los vanos intentos de ocultártelos, pequeña, inmunda mi figura, malograda ficción de vida autónoma.

Cucú. El maldito animal leñoso teñido de azul océano, expulsado de las entrañas de mecanismos de aquel estúpido reloj, engranando piezas, manecillas huecas, relampagueaba tu indiferencia cada dos segundos, trinando minutos hermanados, cucú, retumbando en mis tímpanos irritados, cucú, pestañeando con unísono ritmo, perfección la tuya, la suya. Cucú, proseguía, perdí la cuenta de las horas, eternas, infinitas ya, moribundo silencio, pregunta sin respuesta. Cucú y ya no paraba, sonreías, podría jurar que lo hacías, maldad espléndida y perversa, sabiéndome perdida en el laberinto escorzado del piar repetido. Eco estruendoso, cucú...

Resignación, al fin y al cabo, el infierno no debería estar demasiado lejos.


viernes 2 de octubre de 2009

reflejo

La pequeña tenía tus mismos preciosos ojos, se entretuvo embelesada con la luz intermitente del semáforo unos instantes y luego me miró, me miró con tus ojos, o tú me miraste desde ella, escondido en la luz del brillo de su cara, quién sabe. Llevaba entre los rizos, en un vano intento frustrado de domarlos, un prendedor que se tocaba constantemente, en comprobación de que aún seguía ahí, enganchado entre su pelo, completando su imagen, probablemente hasta le hubiera puesto nombre al pequeño animalito que la adornaba, gatito ingenuo engalanado en un lazo, rojo. No sé cuántos años tendría, nunca he sabido adivinar la edad de las personas con solo verlas, pero se frotaba los ojos con garbo, quizás por sueño, o tal vez por simple aburrimiento infantil, solo ella lo sabría en realidad. Sonreí levemente mientras ella enrojecía su mirada a base de llevarse las manos a la cara, aunque aún así, permaneció seria ante mi presencia, solamente me miraba, mientras continuaba con el transcurso de su actividad, como tú solías hacerlo, igual, como cuando seguías leyendo tus libros pero acariciabas suavemente mi mano, como cuando pasabas las hojas del periódico mirándome, como cuando te peinabas, o al menos, lo intentabas, pero era a mí a quien mirabas, como si constituyera yo tu reflejo, y no la verdadera imagen contraria a ti que soy ahora mismo, aún no me creo cómo algún día pudiste utilizarme como espejo...

jueves 10 de septiembre de 2009

la maleta más cargada del mundo

Creí haberla reconocido más de una vez, por eso, cuando aquella tarde presumí en los gestos de una joven los suyos, en sus ropas las suyas, incluso en sus pasos los suyos, apenas sentí una punzada en el estómago que ya conocía del resto de fallidos intentos por recuperarla. Había adquirido aquella inusual costumbre un par de meses después de que ella se hubiera ido, aprovechaba la sobremesa para recoger el desorden que creaba noche tras noche, me cambiaba de ropa, cada día una combinación distinta, y me dirigía directamente a la estación. Allí, casi siempre escogía el mismo banco, alejado del tumulto de vaivenes de los viajeros, en un lugar tranquilo pero suficientemente cerca como para permitir a mis pensamientos inmiscuirse en esas vidas que les imaginaba y les asociaba, catalogando e inventando, aunque siempre en un segundo plano, pues mis ojos solo buscaban encontrarla a ella. En todo aquel tiempo nunca hablé con nadie, y si alguien decidía sentarse a mi lado en el roído banco y hablarme, no dudaba en permanecer en silencio sin provocar ni un ápice de movimiento en mi gesto hasta que la fugaz compañía ponía fin al parloteo y se iba, exactamente igual que había venido.

Sin embargo, y conociendo ya el amargo desconsuelo que seguía a aquellas tardes infructíferas cuando creía verla pero no la veía, cuando volvía a casa desgastando su nombre con la certeza de que se encontraría allí mismo y nunca estaba, un atisbo de esperanza se coló por entre los vagones y me llevó a pensar aquel día que realmente aquella mujer era ella. Ella, que se había ido con una sonrisa pintada en la cara, sin un adiós, sin siquiera un hasta luego. Ella, que me había obligado a acompañarla a la estación, ayudándola con el equipaje para luego no querer decirme a dónde iba, ni por qué.

Recuerdo el dolor de la primera mañana en su ausencia, las cosas que se había dejado parecían tener sus ojos y las acariciaba con especial delicadeza, como si ella pudiera llegar a sentir siquiera un rasguño de aquella perdida caricia a través del frasco de cristal de aquel perfume que solía usar. Con el tiempo comencé a hablar con sus cosas, como si hablara con ella, salía menos, y apenas comía. Fue entonces cuando, de camino a casa, decidí utilizar la estación como atajo y entre las idas y venidas de los trenes creí verla por primera vez apearse de uno de ellos y bostezar. Esa fue mi primera desilusión, mi primera agonía y el punto de partida de mis diarias expediciones al tercer banco si empiezas a contar por la derecha, entre los andenes tres y cuatro, de la estación.

Entré en casa sigilosamente y observé el sobrecogedor silencio. En medio de toda aquella extrañez había un aroma nuevo, su perfume revoloteaba en el ambiente dotando al aire de una nueva capa de dulzor espeso pero imprescindible.

Traía la sonrisa el doble de grande de la que lucía cuando se había marchado, los ojos muchísimo más brillantes.

Y la maleta más cargada del mundo