martes, 7 de diciembre de 2010

la moqueta

No había apenas rastro de ángulos obviados, la esquina aturdía el encrespado natural de los nervios, el golpe con la mesa le dolía. Subió las escaleras con cierta desgana, tras girar el pomo de la puerta el mismo silencio abrigaría la estancia, áspero, y su piel empezaba a mostrarse reacia al lugar. Vio, sin quererlo, el parquet oscurecido en dos peldaños, como sangre tiñéndolo, como cuando, de niño, despertaba en plena noche, sangrando la nariz, y dejaba su rastro en el suelo, a tientas en busca del pomo de la puerta. Siempre el pomo tenía que tener algo que ver, única forma de salir de la jaula, girar y después tirar, sencillo, si uno lograba asirlo con la suficiente valentía. ¿Por qué no le estaría esperando? La decoración supuraba añeja ostentosidad, incluso el papel de las paredes parecía desprenderse de ellas con vanos alardes de gloria, inmundo, mohoso sin querer verlo. Este lugar da asco, por qué querría que nos viéramos aquí, por qué no me está esperando. Dónde está. El suelo crujió, sucumbiendo a su peso levemente, aullido acallado en aquel pasillo enmoquetado. “Su hijo tiene asma, señora” había sentenciado el médico, algo querría decir aquel señor encorbatado, completamente estirado, a la vez que sonreía de aquella forma a su madre. Memorizó los nombres de 15 huesos de la cartulina brillante pegada en la pared. “¿Y es grave eso, doctor? Desde que su padre se marchó yo… yo no sé qué hacer con él.“ Clavícula, húmero, radio, cúbito, carpiano, metacarpiano, falange, clavícula. “Yo podría ayudarte si quisieras, Aurora, tan solo si…”. Respirar a veces se tornaba dificultad, y, cuando se mudaron, enmoquetaron el salón y tres cuartas partes más de la casa, “prescripción médica, cariño”, decía mamá. La hubiera abofeteado con gana si la hubiera tenido delante, dónde estás, donde éstas, he venido a buscarte, pero no estás y he venido y ya eres necesidad, pequeña, mi pequeña, ven, dime dónde estás. Más tarde descubrió que aquel hombre no lo quería matar. No tanto. Pero su enfermedad firmaba el cobijo entre los brazos de mamá al menos algún mes más, y a veces, eran necesarias según qué tipo de trampas.

Dónde está, dónde está. Pensaba. Gritaba en silencio, no podía ver ya nada en aquella espesa oscuridad. Dónde está, me molesta esta humedad, dónde está, es tarde, es tarde, estoy cansado, no puedo caminar. Dónde estás intentaba susurrar, clavícula, húmero, radio, cúbito, carpiano, sedienta la lengua pegándose al esmalte de la dentadura, metacarpiano, falange, clavícula, dónde estás agachado, clavando dedos en la moqueta, dónde estás, arrancándola del suelo.

8 comentarios:

Dawidh dijo...

cambio de look o es cosa mía?

Héroe de Leyenda dijo...

Me ha gustado mucho.

Como de costumbre, describes con la densidad adecuada y la dureza precisa la atmósfera agobiante y hostil de un cuadro traumático protagonizado por un personaje al borde del precipicio que observa el abismo con rabia y uñas. El detalle de la enumeración de huesos es muy gráfico para explicar el estado del personaje.

Muy bien, pequeña, muy bien. :)

kynikos dijo...

retiro lo dicho Noviembre, acabo de encontrar en este texto una inquietud de un modo diferente, más hondo; y ya no se si es acojedor tu rincón pero este escrito me gusta mucho. un placer leerte.
saludos.

Vagamundo dijo...

Se sacude de encima el barro negro de los charcos, sin rendirse a los ínfimos minúsculos enemigos.
Da asco, da áspero, da agrío.
Pero hay que hacer frente, corazón y - sí - pulmones, a las afrentas.

Dixebra dijo...

precioso

Otra vez a viajar al olvido dijo...

Que lindo mes...

un completo gilipollas dijo...

excelente...
(Saludos desde una cama de hospital)
Siempre suyo
Un completo gilipollas

Roberto dijo...

obesivamente hermoso, mucho...

me quedo otro rato